“El Doble Rasero” por Veronica Nehama

Charla impartida por Verónica Nehama, en los Martes de CEMI, con motivo del Día de los Derechos Humanos

La sabiduría popular de los refranes nos ilustra sobre la utilización de dos varas de medir cuando se trata de emitir juicios de valor. “Consejos vendo y para mí no tengo”. “Haz lo que digo y no lo que hago”… Personas y acontecimientos pueden juzgarse y analizarse desde ópticas diferentes según la pertenencia al bando de vencedores o vencidos, de víctimas o verdugos. Toda percepción es subjetiva y se halla irremisiblemente mediatizada por nuestras emociones y simpatías.
A lo largo de la historia los hombres han intentado regular el caos estableciendo normas a las que atribuyeron orígenes divinos para garantizar su cumplimiento. Durante milenios, los Diez mandamientos fueron el código deontológico por excelencia, que René Cassin señaló como inspiración para la redacción de la Carta de los Derechos Humanos. Este reglamento, en principio universal, pretende organizar y uniformar los comportamientos sociales basándose en la dignidad del individuo, sin distinción de género, raza, credo, posición social, u orientación sexual. El respeto del ser humano y la salvaguarda de valores morales deberían regir las relaciones entre naciones y personas, siendo su aplicación y control responsabilidad de organismos NEUTRALES. El condicionar solo evidencia el estrepitoso fracaso de las entidades creadas para aplicar normas y sancionar infracciones y abusos. La inoperante SDN (Sociedad de las Naciones) fue sustituida por la inútil y politizada ONU (Organización de las Naciones Unidas).
Los mecanismos de inspección resultan inútiles, porque el hombre es ante todo transgresor, como lo demuestra el primer episodio de la Biblia. Adán y Eva contravienen la única prohibición de su Creador. Por otra parte,quienes ejercen el control sobre los gobiernos son parte del sistema, y se mueven por los mismos intereses espurios, el miedo al fuerte, el ansia de poder y el afán de dinero. Su ambición prevalece sobre los códigos éticos que han jurado imponer.

Las religiones, compendio de normas para regular comportamientos, se ocupan incluso de organizar los aspectos prácticos de la vida, como ocurre en el judaísmo con 613 mitzvot. Pero cuando los preceptos se hacen perentorios y se convierten en dogmas irrebatibles cuyo incumplimiento acarrea terribles castigos, se puede caer en fanatismos e integrismos. Las culturas hegemónicas han pretendido homogeneidad – una aberración criminal que contradice la esencia múltiple de la humanidad, donde cada ser humano es único e irrepetible.
Los estereotipos inventados para perseguir al diferente no tienen base científica ni real, pero calan en las mentes donde perduran, generando infinitos parámetros de marginalización.

  • El género es el primero, e incluso las religiones establecieron la primacía del hombre. Una práctica aceptable en el contexto primitivo que afortunadamente ha sido superada, al menos en la sociedad occidental. Sin embargo, en la mayoría de los casos, la mujer sigue dependiendo del proveedor natural de bienes materiales, y supeditada a su biología que la obliga a parir, amamantar y proteger a los niños, lo cual la sitúa en una posición subordinada.
  • La raza es el segundo parámetro de discriminación. La alteridad visible provoca rechazo y la historia da sobrada cuenta de la victimización de los negros, convertidos en esclavos. Sin embargo, es más difícil comprender el desprecio al estereotipo de “judío universal”, una entelequia que no se puede percibir ni racionalizar. No existe una raza judía, y lo absurdo del odio se evidencia en contradicciones que los acusaron alternativamente de estirpe superior o de raza inferior.
  • La cultura, los hábitos y credos, siempre han constituido un sangriento motivo de discriminación, y las guerras de religión siempre han asolado el mundo. En vez de hacerse respetar por sus acciones, los hombres han impuesto sus dioses a sangre y fuego. Convirtieron a sus compatriotas con la espada en vez de la razón, y se escandalizaron cuando los martirizados conversos traicionaban su nueva creencia. La Inquisición y el Nazismo intentaron exterminar a los hebreos, eternos chivos expiatorios, y siguiendo su estela, los regímenes totalitarios y excluyentes persiguen hoy a las minorías cristianas, porque ya no quedan judíos.
  • La clase Social y económica es otra circunstancia de marginación. Los ricos explotan y humillan a los pobres, y lo más sangrante es que todavía existe en la India una casta de parias intocables, un estamento social cuyo estigma se hereda a perpetuidad.

Concurrían pues sobradas razones para crear un Código Universal aplicable sin distinción de accidentes geográficos, religiosos, de género, raza o situación social. Los legisladores se inspiraron en los valores religiosos, pero obviaron el credo, una opción personal que no podía convertirse en objeto de escarnio.
Todos los textos sobre comportamientos morales, religiosos, éticos o filosóficos, ofrecen mensajes positivos, pero desgraciadamente quienes los aplican están influenciados por culturas ancestrales, filias y fobias, e intereses no siempre legítimos ni confesables. En la cultura de veneración del “Dios Dinero”, del tanto tienes tanto vales, las intenciones se pervierten y las acciones reprobables se justifican con engaños a una masa cada vez más ignorante y fanatizada. Los poderes mediáticos ejercen una influencia decisiva forjando opiniones basadas en verdades no contrastadas e intereses de grupos de presión, que nadie tiene interés en desenmascarar. Por falta de implicación, por comodidad, por desidia, se aceptan opiniones ajenas, o falseadas como las de la ONU, parangón de injusticia y parcialidad.

Este afán de dominación, común a todos los colectivos poderosos, pretende eliminar a quienes consideran una amenaza a su preeminencia. En vez de enriquecerse espiritualmente con nuevos saberes, los fuertes -que no inteligentes- optan por destruir en vez de incorporar y en exacerbar diferencias en vez de aprovechar similitudes.
Si el hombre es por esencia egoísta, envidioso, intolerante y ávido de poder, habremos de educar en valores universales como el altruismo, la empatía, la tolerancia y la generosidad.
El sabio Hillel resumía así la Torah: “No hagas al otro lo que no quieres que te haga” y la religión cristiana recogió el precepto como “Ama a tu prójimo como a ti mismo”.
Aplicando esa norma Divina y humana, quizás seamos capaces de juzgar equitativamente a nuestros semejantes, y si bien es lícito cuidar primero de los nuestros “Caridad bien empleada comienza por uno mismo”, no es menos cierta la frase del pastor Niemoller: “Cuando vinieron por los comunistas yo no protesté porque no era comunista, ni lo hice por los judíos, los cristianos, los negros… Cuando vinieron por mí ya no quedaba nadie para abogar por mi salvación”.
La solidaridad y el respeto a las diferencias son la verdadera esperanza de supervivencia del género humano.

Verónica Nehama es licenciada en Ciencias Químicas, por la Universidad Complutense de Madrid, y diplomada en Propédeutique por la Universidad de Nancy. Ha sido durante 26 años directora y profesora de francés y Ciencias del colegio judío de Madrid “Ibn Gabirol-Estrella Toledano”. Actualmente dirige tertulias literarias, imparte charlas, y es escritora. Ha publicado un libro de cuentos y la novela ‘Las turquesas mágicas’.

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